
Parte I
Es necesario pensar el lugar que ocupaba la evaluación hasta no hace muchos años, la misma siempre estuvo relacionada con procesos de medición, acreditación o certificación, y rara vez con el proceso de toma de conciencia de los aprendizajes adquiridos o con las dificultades en su adquisición. El docente enseñaba aquello que iba a evaluar y los alumnos aprendían el tema o problema que formaba parte de las evaluaciones.
El debate educativo de ese momento dejo de ser un problema conceptual para convertirse en un problema técnico, dándole una relevancia mayor al instrumento en si (que se utilizaba para evaluar) que a la función de la evaluación.
El que evaluaba era siempre el docente; el evaluado era siempre el alumno, no se analizaban los errores de la evaluación, de sus instrumentos o de las estrategias de enseñanza Todo esto se encuentra aun hoy muy arraigado en la cultura docente.
Cuando observamos las prácticas pedagógicas en las escuelas advertimos que hay distintos criterios de evaluación. Algunos docentes aplican la evaluación sumativa, otros cuenta sólo lo actitudinal, otros ignoran estas cuestiones y siguen con el estilo tradicional de evaluación que se aproxima siempre mas a la consideración de resultados, en tres momentos al año (cuando lo pauta la normativa)
Para cambiar la cultura evaluativa es necesario comenzar a considerar la evaluación no solo como el lugar de información indiscutible respecto de los aprendizajes de los alumnos, sino como un lugar privilegiado para generar consideraciones de valor respecto de la propuesta metódica y los procesos del enseñar de los docentes.
Reconocer los momentos clave en donde una buena información acerca de las características del aprender nos ayuda a mejorar, focalizando los problemas, las dificultades, es uno de los grandes desafíos de hoy.
La evaluación es parte del proceso didáctico e implica para el alumno una toma de conciencia de los aprendizajes (del conocimiento) y para los docentes, una interpretación de las implicancias de la enseñanza en esos aprendizajes, a fin de generar inferencias validas en el proceso.
En este sentido, no es una última etapa, tampoco podemos pensar que es un proceso permanente. Carece de sentido una actitud evaluativa constante porque no permitiría desarrollar situaciones naturales de conocimiento y se desvirtuaría el sentido del mismo al transformar las prácticas en una instancia de evaluación permanente.
Buscar o diseñar actividades, problemas y su resolución, como la construcción de interrogantes validos que permitan conocer un campo de conocimiento, es lo que nos va a permitir cambiar el lugar de la evaluación como reproducción de conocimientos por el de la evaluación como producción.
Es importante, también, poder reflexionar al interior de cada institución: como cuerpo directivo, docentes, incluyendo el tema como herramienta para la mejora institucional. Por otra parte hay que saber que la evaluación es inherente a la calidad educativa. Una escuela que no incluya la evaluación como herramienta de mejora institucional tiende necesariamente al anquilosamiento.
Una evaluación democrática no se basa en un juicio único, sino que parte del criterio de que la vida social es conflictiva e interpretable de manera diversa. La evaluación supone un delicado equilibrio entre los poderes y los saberes.
No es un instrumento para construir culpables de los fracasos de la enseñanza o de las dificultades del aprendizaje. Es una instancia para mejorar colectivamente la actividad de enseñar y la tarea de aprender.
Publicado por Masso Graciela.
